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PALABRAS DE OTOÑO
La Vida y la Muerte según Amarilla
un articulo de
Asaro Daniel
Uno de los placeres de éste sitio, es abrirlo y ver que determinados autores aún permanecen en su sitio: son muchos, referentes y sus nombres en la página brillan con un fulgor especial. Se me alborota el corazón cuando descubro que María Alejandra Amarilla publica algo. Ella se lo ganó: de alguna manera todos los que la leemos sentimos esa misma sensación, que oscila entre la calidez…y el alivio. Porque María conserva su lugar, es suyo, nadie podría suplantarla.
Y no son muchos. Creo que por eso su lugar de DESTACADA es más que merecido. Cuando uno entra al sitio, busca algunos nombres muy preciados y al suyo, lo sigue ese haz de luz del que hablamos al principio. ¿No me creen? Busquen en la página. Su nombre refulge.
Le ha llegado su merecido reconocimiento.
Palabras de Otoño ya está en el stand de Dunken. Vale la pena descubrir a la autora o, como en mi caso, redescubrirla.
Me encantan las nanas de María. Es seño, maestra, pero seño queda mejor, porque tiene una calidez que ella posee y brinda a sus alumnos, a puñados. Sé también que dejará registro en los corazones de cada uno de ellos, así como los deja en cada uno de quienes la leemos.
Sí, me encantan sus nanas, (“Niño de mis ojos/ duérmete en mis brazos/yo seré tu nido/y la noche un manto”) como en Amor Maternal y sus fábulas como Ensueño, Seres de Luz y el relato que da el nombre al libro, Palabras de Otoño. Éste último es una delicia: la reunión crucial de seres celestiales frente a un ser superior, para decidir el destino de la humanidad: "Marchan con la conciencia de la osada empresa que se les ha encomendado, pero con la seguridad que le suministra la valentía que ha comenzado a florecer en sus propios corazones”, relata.
Dentro de ese grupo, mi preferido es Bajo la sombra de un nogal, donde, en primera persona, un viejo árbol le susurra sus recuerdos al oído de un joven escritor.
Esa es La María que todos, conocemos, la seño, la que es capaz de entibiarnos el corazón y hacernos ver la cara luminosa de la vida. Allí vemos a la docente, porque los temas que aborda sólo los puede hacer con propiedad quien lleva el estandarte de la enseñanza y se planta frente a una clase: por eso sus protagonistas son chicos y ancianos, los últimos entregando su legado; los primeros ávidos de esa sabiduría y esa calidez.
Eso está en Palabras de Otoño y María nos regala unos magníficos cuentos que se leen y perduran: ella es el anciano y el chico a la vez.
Pero eso no es todo. Claro que no.
María Alejandra Amarilla es docente, pero también una escritora que conoce y ama su oficio. Cuando creemos que estamos en buenas manos, ella se nos escapa y entonces, el mundo deja de ser un lugar cálido y seguro. María se saca a la seño de encima y escribe obras duras, filosas, como si hubiese cambiado el delantal y el aula…desembocara directamente en una morgue.
Una de sus obsesiones literarias es la vida después de la muerte, la violencia contenida, los celos, el desencanto, la muerte a secas. Ya no hay nanas ni seres celestiales en esas tramas. En Dama del Otoño, describe, con esa precisión casi quirúrgica: “Faltaba poco para que llegara el cruel invierno de su vida (…) para postrarse finalmente en el abismo huérfano de su alma sin inspiración”.
En el impresionante relato Despedida, María describe la lucha condenada de antemano de un chico que lidia con su madre enferma. Notamos que la inocencia se resquebraja y su alma envejece durante ese trayecto doloroso. Amarilla escribe simplemente: “Ese, fue el último día de su infancia” y nos asesta un golpe demoledor. Sucede todos los días. María lo sabe y no se ahorra las descripciones.
Hay un eco de Horacio Quiroga en Desolación, donde incluso se da el lujo de advertir que “éste relato es sobre un niño, pero en el mundo real”. Los chicos sufren y la luz del sol, en ocasiones, está muy lejos de ser una bendición: “Y así olvidar la pesadilla de la luz del sol, y embarcarme en el esperanzador sueño de un día más y llegar a la noche para continuar vivo”.
En ese mundo, los niños mueren.
Nunca puedo terminar de leer Partida con los ojos secos. Un chico ya ha cruzado la frontera del sufrimiento y hay alguien más que viene a buscarlo, en la habitación donde agoniza. El cuento, breve, es de una belleza dolorosa.
Su pulso de narradora es tan firme, que uno no tiene más remedio que rendirse ante esa destreza. En Tormentas se desata una, furiosa en el exterior, y otra mucho más devastadora en el interior de la protagonista: “Para ella es un día más de nudos de cuento, porque el inicio no le interesa, ya no cree en los inicios de cuento, mucho menos en los finales felices (…)”.
María Alejandra demuestra un excepcional manejo del suspenso en Los ojos de la enamorada”, una angustiante carrera contra reloj…durante una ceremonia de casamiento.
Sus cuentos iniciáticos, encuentran su punto culminante en El alimento de los sueños, donde un anciano entrega a un chico ese legado del que hablábamos al principio: “Porque los sueños son lo que nosotros le permitimos que sean, ellos por sí solos, no son nada”. Esa misma pulsión de vida y muerte la hallamos en la hermosa Mamá Tomasa. Todos los desvelos de María quedan expuestos: la vejez, la despedida, la añoranza por lo que está a punto de perderse: “La casa de su abuela siempre fue su refugio, un lugar seguro donde ser ella misma”.
Aunque la muerte no lo es todo: hay algo más allá y María descubre apenas el telón en dos cuentos maravillosos y escalofriantes: La Reunión y Los Caminantes.
Hay un cuento que es una gema, mi preferido junto a Partida. Está tan lejos del registro de María, que es una muestra cabal de su talento de narradora. Es de esos cuentos que uno lee y piensa: “¿Cómo carajo no se me ocurrió a mí?”. Y no voy a pedir perdón por el exabrupto: proviene de esa envidia sana, que no corroe. Una especie de envidia maravillada, si saben a lo que me refiero.
Se llama Huella Blanca.
Un delincuente juvenil asalta a una mujer, que lejos de sentirse amedrentada, le da indicaciones de cómo llegar a determinada dirección. El cuento es delicioso, humorístico y los diálogos, en contraposición, son pura maravilla. Las amenazas del chorro; las indicaciones pacientes de la víctima. Un relato increíble de puro suspenso, supervivencia…y redención.
Es un orgullo compartir éste sitio con María Alejandra Amarilla. Y será un orgullo verla en la Feria, comprar su libro y pedirle una dedicatoria.
Voy a cerrar ésta reseña con sus palabras en Mundo de Letras: no encuentro una manera mejor.
“Leía para navegar en aguas desconocidas, para entrar en mansiones, en chozas, palacios, establos (…) Escribía para ser niña, anciana, hombre, mujer, animal (…) para ser valiente o cobarde (…) para vencer o para rendirse”.
Y lo lograste con creces, María
DANIEL ASARO
12/05/22

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